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Las Islas Voladoras - Chejov Anton

-¡He terminado, caballeros! -dijo Mr. John Lund, joven miembro de la Real Sociedad Geográfica, mientras se desplomaba exhausto sobre un sillón. La sala de asambleas resonó con grandes aplausos y gritos de ¡bravo! Uno tras otro, los caballeros asistentes se dirigieron hacia John Lund y le estrecharon la mano. Como prueba de su asombro, diecisiete caballeros rompieron diecisiete sillas y torcieron ocho cuellos, pertenecientes a otros ocho caballeros, uno de los cuales era el capitán de La Catástrofe, un yate de 100,000 toneladas.

Historia de mi Vida - Chéjov Antón


Esta novela breve con elementos autobiográficos se publicó en 1896. Misail Poloznev es un veinteañero de una ciudad de provincias cuya vida laboral va dando tumbos. Enfrentado al despotismo de su padre arquitecto, deja el hogar y abraza trabajos sencillos, como el de pintor de brocha gorda. Se casará con una joven de clase alta, pero ésta lo abandonará con la misma frivolidad que se acercó a él. Desheredado, Misail y su hermana se enfrentarán a los prejuicios y rémoras de una sociedad, la rusa, que apenas puede ya respirar en las postrimerías del régimen zarista. Si Chéjov nos presenta la opresión que ejercen acomodados y ricos, en su haber como escritor está el no habernos ahorrado ninguna de las mezquindades de la embrutecida clase obrera y campesina, anestesiada –y bien lo vio él, que era médico–por el alcohol.

Exagero la nota - Chejov Anton

La fin­ca a la cual se dirigía para efec­tu­ar el deslinde dis­ta­ba un­os
     trein­ta o cuarenta kilómet­ros, que el agri­men­sor Gleb Smirnov Gravrilovich
     tenía que recor­rer a ca­bal­lo. Se había apea­do en la estación de Gñilush­ki.
     (Si el cochero es­tá so­brio y los ca­bal­los son de bue­na pas­ta, pueden
     cal­cu­larse un­os trein­ta kilómet­ros; pero si el cochero se ha toma­do cu­atro
     co­pas y los ca­bal­los es­tán fati­ga­dos, ha que cal­cu­lar un­os cin­cuen­ta.)

En la Oscuridad - Chejov Anton


Una mosca de mediano tamaño se metió en la nariz del consejero suplente Gaguin. Aunque se hubiera metido allí por curiosidad, por atolondramiento o a causa de la oscuridad, lo cierto es que la nariz no toleró la presencia de un cuerpo extraño y dio muestras de estornudar. Gaguin estornudó tan ruidosamente y tan fuerte que la cama se estremeció y los resortes, alarmados, gimieron. La esposa de Gaguin, María Michailovna, una rubia regordeta y robusta, se estremeció también y se despertó. Miró en la oscuridad, suspiró y se volvió del otro lado. A los cinco minutos se dio otra vuelta, apretó los párpados, pero no concilió el sueño. Después de varias vueltas y suspiros se incorporó, pasó por encima de su marido, se calzó las zapatillas y se fue a la ventana.
Fuera de la casa, la oscuridad era completa. No se distinguían más que las siluetas de los árboles y los tejados negros de las granjas. Hacia oriente había una leve palidez, pero unas masas de nubes se aprestaban a cubrir esta zona pálida. En el ambiente, tranquilo y envuelto en la bruma, reinaba el silencio. Y hasta permanecía silencioso el sereno, a quien se paga para que rompa con el ruido de su chuzo el silencio de la noche, y el estertor de la negreta, único volátil silvestre que no rehuye la vecindad de los veraneantes de la capital.

En la Administración de Correos - Chejov Anton


La joven esposa del viejo administrador de Correos Hattopiertzof acababa de ser inhumada. Después del entierro fuimos, según la antigua costumbre, a celebrar el banquete funerario. Al servirse los buñuelos, el anciano viudo rompió a llorar, y dijo:
-Estos buñuelos son tan hermosos y rollizos como ella.
Todos los comensales estuvieron de acuerdo con esta observación. En realidad era una mujer que valía la pena.
-Sí; cuantos la veían quedaban admirados -accedió el administrador-. Pero yo, amigos míos, no la quería por su hermosura ni tampoco por su bondad; ambas cualidades corresponden a la naturaleza femenina, y son harto frecuentes en este mundo. Yo la quería por otro rasgo de su carácter: la quería -¡Dios la tenga en su gloria!- porque ella, con su carácter vivo y retozón, me guardaba fidelidad. Sí, señores; érame fiel, a pesar de que ella tenía veinte años y yo sesenta. Sí, señores; érame fiel, a mí, el viejo.

En el Campo - Chejov Anton


A tres kilómet­ros de la aldea de Obruchano­vo se con­struía un puente so­bre el
río.
Des­de la aldea, situ­ada en lo más em­inente de la rib­era al­ta, di­visábanse las
obras. En los días de in­vier­no, el as­pec­to del fi­no ar­mazón metáli­co del puente
y del an­dami­aje, al­bos de nieve, era casi fan­tás­ti­co.
A ve­ces, pasa­ba a través de la aldea, en un cochecil­lo, el in­ge­niero Kucherov,
en­car­ga­do de la con­struc­ción del puente. Era un hom­bre fuerte, an­cho de hom­bros,
con una gran bar­ba, y to­ca­do con una gor­ra, co­mo un sim­ple obrero.

El trágico - Chejov Anton


Se celebraba el beneficio del trágico Fenoguenov.
     La función era un éxito. El trágico hacía milagros: gritaba, aullaba como una fiera, daba patadas en el suelo, se golpeaba el pecho con los puños de un modo terrible, se rasgaba las vestiduras, temblaba en los momentos patéticos de pies a cabeza, como nunca se tiembla en la vida real, jadeaba como una locomotora.
     Ruidosas salvas de aplausos estremecían el teatro. Los admiradores del actor le regalaron una pitillera de plata y un ramo de flores con largas cintas. Las señoras le saludaban agitando el pañuelo, y no pocas lloraban.
     Pero la más entusiasmada de todas por el espectáculo era la hija del jefe de la policía local, Macha. Sentada junto a su padre, en primera fila, a dos pasos de las candilejas, no quitaba ojo del escenario y estaba conmovidísima. Sus finos brazos y sus piernas temblaban, sus ojos se arrasaban en lágrimas, sus mejillas perdían el color por momentos. ¡Era la primera vez en su vida que asistía a una función de teatro!

El Misterio - Chejov Anton


La noche del primer día de Pascua, el consejero de Estado Navaguin, después de haber hecho sus visitas, tornó a su casa y tomó en la antesala el pliego de papel en donde los visitantes de aquel día habían puesto sus firmas. Se mudó de traje, bebió un vaso de agua de seltz, se sentó cómodamente en una butaca y comenzó la lectura de aquellas firmas. Al llegar a la mitad del primer pliego se estremeció y dio muestras de asombro.
-¡Otra vez! -exclamó golpeándose la rodilla-. ¡Es pasmoso! ¡Otra vez ha firmado ese diablo de Fedinkof, que nadie conoce!

El álbum - Chejov Anton

El con­se­jero ad­min­is­tra­ti­vo Craterov, del­ga­do y seco co­mo la flecha del
Almi­ran­taz­go, avanzó al­gunos pa­sos y, di­rigién­dose a Serlavis, le di­jo:
-Ex­ce­len­cia: Con­stan­te­mente alen­ta­dos y con­movi­dos has­ta el fon­do del corazón
por vues­tra gran au­tori­dad y pa­ter­nal so­lic­itud...
-Du­rante más de diez años- ​le so­pló Za­coucine.

Chist! - Chejov Anton


Iván Kras­nukin, pe­ri­odista de no mucha im­por­tan­cia, vuelve muy tarde a su hog­ar,
con ta­lante de­sapaci­ble, de­sal­iña­do y to­tal­mente ab­sorto. Tiene el as­pec­to de
al­guien a quien se es­pera para hac­er una pesquisa o que medi­ta sui­ci­darse. Da
un­os paseos por su despa­cho, se de­tiene, se de­speina de un man­ota­zo y dice con
tono de Laertes disponién­dose a ven­gar a su her­mana:
-¡Es­tás moli­do, moral­mente ago­ta­do, te en­tre­gas a la melan­colía, y, a pe­sar de
to­do, en­ciér­rate en tu despa­cho y es­cribe! ¿Y a és­to se lla­ma vi­da? ¿Por qué no
ha de­scrito nadie la dis­onan­cia do­lorosa que se pro­duce en el al­ma de un
es­critor que es­tá triste y debe hac­er reír a la gente o que es­tá ale­gre y debe
vert­er lá­gri­mas de en­car­go?

Vecinos - Chejov Anton


Con tres hombres y una dama, el joven Laievski, el doctor Somoilenko, el naturalista Von Koren, y Nadejda Fiodorovna, CHEJOV construye esta novela inquietante. Ivan Andreich Laievski es un joven funcionario ruso que se encuentra trabajando en el Cáucaso. Vive en concubinato con Nadejda Fiodorovna, una suerte de amor prohibido, muy cuestionado por vecinos y amigos. Laievski es un personaje que no se encuentra muy a gusto consigo mismo, duda de casi todo lo que hace, vive jugando a las cartas y bebiendo; se culpa por las cosas que no hizo, y no le encuentra mucho sentido a su vida. Por medio de Laievski, y en oposición al carácter firme, optimista, y disciplinado de su amigo el dóctor Somoilenko, Chejov introduce en el relato un problema moral: ¿es capaz un ser humano de vivir, de seguir adelante sin valores?.  Para introducir el tema de los valores, Chejov se inventa un personaje bastante antipático, el naturalista Von Koren, quien se encarga de cuestionar y provocar a Laievski hasta llevarlo al límite de su resistencia moral y física. La vehemencia con la que Von Koren -quien adscribe de una manera muy especial a las teorías darwinistas, sobre todo idealizando las ideas de selección natural y supervivencia del más apto, hasta llevarlas a límites peligrosos- ataca a Laievski provoca un duelo entre ambos personajes. Finalmente el duelo se realiza, pero Chejov lo convierte en una excusa -parece que en la época donde transcurre el relato los duelos habían pasado de moda, originaban costosos gastos, y terminaban en manos de la justicia- para probar la resistencia moral de Laievski, y ambos personajes disparan al aire, sin dar en el blanco. Laievski, que el mismo día que debía batirse con Von Koren descubre que su concubina le engaña, acude al  duelo con la barrunta de la huída o de la muerte.

Anyuta - Chejov Anton

Por la pe­or habitación del de­testable Ho­tel Lis­boa paseábase in­fati­ga­ble­mente el
es­tu­di­ante de ter­cer año de Medic­ina Stepan Klochkov. Al par que pasea­ba,
es­tu­di­aba en voz al­ta. Co­mo ll­ev­aba largas ho­ras en­tre­ga­do al doble ejer­ci­cio,
tenía la gar­gan­ta se­ca y la frente cu­bier­ta de su­dor.
Jun­to a la ven­tana, cuyos cristales em­paña­ba la nieve con­ge­la­da, es­ta­ba sen­ta­da